Volver al 

inicio.

 

 

 

 

 

Hermanos


Las doce de la noche marcaban el paso entre el día catorce y el quince. En febrero eso significa que se ha terminado por fin otro absurdo día de San Valentín. Además para mí significa que toca felicitarle el cumpleaños a Jorge.

Jorge era un amigo, un compañero de gimnasio. Del primer gimnasio donde estuve entrenando en Sevilla.

Su menudez nos invitaba a llamarlo "Jorgito" pese a que la anchura de sus brazos, mayor que la de su cuello, apabullaba a primera vista. Simpático como pocos y buena persona como casi ninguno, hace ya uno o dos años que no nos vemos. Antes de la resurrección y mucho antes de casi todos los amaneceres. Ha llovido mucho.

Al marcar su teléfono, ¡sorpresa! Amena me informa gratuitamente de que el número no existe. "Normal," pensé "de entre todos los cambios que han habido en este tiempo, un numero nuevo, es meramente anecdótico."

Resolví pues llamar a Fran. Otro amigo, otro compañero de gimnasio.

Fran era también colega de Jorge, la mano derecha de mi maestro, y uno de los mejores tíos que he conocido. Siempre con un chiste en la boca, siempre con alguna frase ingeniosa en la recamara. En cuatro años de compañeros, viéndonos cinco días a la semana, no le recuerdo un sólo cabreo. Un tipo de esos que cuando te lo encuentras por la calle te alegra el día.

Fran seguía teniendo el mismo número. Unas cuantas preguntas propias de charla de ascensor: qué tal tu mujer, cómo te va en el trabajo, y tú la carrera qué... apenas pasó minuto y medio cuando la conversación mostró su verdadera forma.

Empezamos a hablar de cómo nos iban los entrenamientos ahora, de a quién veíamos del antiguo gimnasio, y, claro, ya estábamos tardando demasiado, acabamos recordando batallitas.

Qué de historias... y qué de lamentos, ahora que todos los amigos, que antes éramos como hermanos, estamos completamente perdidos. Y es que, el lugar que antes fue la casa de nuestra gran familia, es en estos tiempos un lugar vacío y lúgubre, cuyo único signo de vida es un cartel de "se alquila".

El nuestro, era un rincón ciertamente peculiar. Con extrema frecuencia se veía gente paseándose por la sala, vestida de calle, sin ninguna intención de entrenar. Eran socios, que no podían o no querían hacer deporte esa tarde. Pero no faltarían por ello a la cita diaria con sus colegas. Yo me atrevería a decir que si un día nos hubiéramos lesionado todos, habrían habido ostias por pillar un asiento allí las siguientes semanas.

Que nadie se lleve a engaños, nosotros entrenar, lo que se dice entrenar, entrenábamos poco y bastante mal. Nosotros a lo que íbamos en aquel local era a divertirnos, a ver a nuestra gente y a desahogar nuestros problemas con los hierros, el saco y los buenos amigos que nos esperaban tras esas puertas amarillas, donde nos sentíamos a salvo del resto del mundo. Íbamos a pasar la tarde con nuestra familia de la calle Aceituno. El mismo Fran decía que no éramos compañeros de entrenamiento, sino de terapia. Y no le faltaba razón.

Les echo de menos. Echo de menos el sentir que si en algún momento necesitaba huir del mundo, pasado el umbral de aquel gimnasio de barrio que rayaba lo cutre en muchos aspectos, me esperaban con los brazos abiertos para hacerme olvidar de todo lo que había fuera. El grado de camaradería que con ellos conocí, en ningún otro sitio he podido vivirlo.

Tal era la situación, que con el tiempo, el dueño del local decidió poner una canasta, para jugar con una pelota de goma espuma. Puede sonar cómico, pero la idea fue un verdadero éxito. En cierta ocasión llego a verse incluso un partido de baloncesto internacional. España - Estados Unidos. Disputado entre los clientes habituales y los estudiantes americanos que estaban de intercambio Sevilla por esas fechas.

Fran y yo, desempolvamos éste y otros muchos recuerdos, realizando finalmente un aterrizaje forzoso sobre un incomodo silencio. Fue sólo un instante, pero fue tan obvio... Era el silencio del dolor de lo que ya no podíamos recuperar. Era el puro sonido de la nostalgia. Era el jodido Rutger Hauer susurrando "...todos esos, momentos se perderán, en el tiempo... como, lágrimas, en la lluvia..."

Bueno, yo había llamado para conseguir el numero de Jorge, así que fue el clavo ardiendo al que me aferré para retomar la conversación. Pasados un par de minutos tras colgar, Fran me envió un mensaje. Sólo contenía nueve dígitos. ¿No había nada más que decir?

Hice buen uso del escueto sms y llamé al cumpleañero en cuestión. "Claro que sé quién eres, hemos pasado cuatro años viéndonos todos los días, como voy a olvidarme de eso..." Me sorprendió cuando dijo reconocer mi voz. Y admito que no sólo me sorprendió, sino que con esa frase, tocó una fibra sensible, que aquella noche lo estaba aún más.

Me centré únicamente en temas actuales y traté de evitar que cualquier álbum fotográfico mental surgiera de nuevo. Departimos un rato bajo esa pauta, expresamos nuestro deseo de volver a vernos, y nos despedimos. Fue un poco forzado, la verdad, pero mucho menos de lo que lo fue el mensaje de Fran.

Finalmente colgué el teléfono y, de pronto, otra vez ese silencio. Ese ensordecedor y angustioso silencio. Ese que en nuestro gimnasio no existía, porque siempre había un amigo, un hermano, que estaba ahí contigo para hacerlo añicos. Que estaba ahí contigo para que nunca te sintieras solo.


Una canción para un buen día


Un buen día, creas un diario. Va creciendo contigo, va evolucionando contigo. Miras en sus hojas pretéritas, y ya necrosadas, y ves el transcurrir del tiempo, ilusiones marchitas, ídolos caídos, esperanzas desvanecidas... tu vida vista como la vida de cualquier otro. Un espejo de tu propia existencia que te muestra recodos de tu alma que, pese a haberlo escrito tu mano, ni siquiera conocías. A veces es el único espejo en el que te reconoces. A veces es el único en el que te atreverías a mirarte. Otras veces gustosamente aceptarías siete años de mala suerte por darte el placer de hacerlo añicos.

Un buen día, no tienes nada que contar. O no quieres contarlo. O lo poco que te gustaría contar, no sabes como hacerlo. Vas creciendo solo, vas evolucionando sin él. Relees tu pasado con los ojos cerrados sin ayudas de las hojas amarilleadas por el tiempo. El espejo se va sintiendo más opaco y te vas encontrando los recodos y esquinas de tu alma palpando los perfiles de cada uno de ellos. No necesitas el espejo, el espejo no te necesita a ti.

Pero...

...un buen día, cuando menos te lo esperas, la vida te saca la lengua con sorna y en uno de sus imprevisibles giros te coloca ante un espejo. Un espejo que te recuerda al tuyo, ése que tenías olvidado. Ése que hoy agarras de nuevo. Ése que tras limpiar y pulir, brilla como si nunca hubiera estado en el desván de tu mente.

Un buen día, el espejo que quedó mudo sin tus palabras, volvió a romper el silencio de las paginas en blanco con los gritos de tu alma.