Una canción para un buen día
Un buen día, creas un diario. Va creciendo contigo, va evolucionando contigo. Miras en sus hojas pretéritas, y ya necrosadas, y ves el transcurrir del tiempo, ilusiones marchitas, ídolos caídos, esperanzas desvanecidas... tu vida vista como la vida de cualquier otro. Un espejo de tu propia existencia que te muestra recodos de tu alma que, pese a haberlo escrito tu mano, ni siquiera conocías. A veces es el único espejo en el que te reconoces. A veces es el único en el que te atreverías a mirarte. Otras veces gustosamente aceptarías siete años de mala suerte por darte el placer de hacerlo añicos.
Un buen día, no tienes nada que contar. O no quieres contarlo. O lo poco que te gustaría contar, no sabes como hacerlo. Vas creciendo solo, vas evolucionando sin él. Relees tu pasado con los ojos cerrados sin ayudas de las hojas amarilleadas por el tiempo. El espejo se va sintiendo más opaco y te vas encontrando los recodos y esquinas de tu alma palpando los perfiles de cada uno de ellos. No necesitas el espejo, el espejo no te necesita a ti.
Pero...
...un buen día, cuando menos te lo esperas, la vida te saca la lengua con sorna y en uno de sus imprevisibles giros te coloca ante un espejo. Un espejo que te recuerda al tuyo, ése que tenías olvidado. Ése que hoy agarras de nuevo. Ése que tras limpiar y pulir, brilla como si nunca hubiera estado en el desván de tu mente.
Un buen día, el espejo que quedó mudo sin tus palabras, volvió a romper el silencio de las paginas en blanco con los gritos de tu alma.


