Amaneceres
De entre las rendijas de la persiana los primeros destellos de sol escupen directamente a tu cara. Abres los ojos una mañana de domingo cualquiera. Otro amanecer, otra cama distinta. Otra persona diferente a tu lado que antes de quedarse dormida no te apuñaló la espalda con un "te quiero" a destiempo. La miras fijamente. Otra melena que has acariciado, otro objetivo cumplido, otro cuerpo al que has regalado lo que mejor sabes hacer. Otro teléfono al que contar cosas que sólo te preocupan a ti. No te quejes, puedes elegir quien te ignore.
Permaneces inmóvil, observando el cuarto. Entraste en él con tantas ganas de follar, que ni tan siquiera recuerdas donde estaba la puerta. Posters, algunas barras de incienso, apuntes y uno de esos ruinosos armarios, tal vez rescatado de un vertedero, que los caseros de los pisos para estudiantes describen como "mobiliario en perfecto estado". En sus puertas, recortes de revistas pegados sin ningún sentido aparente. Jurarías que todo aquello no estaba cuando entraste si no fuera porque ya estas acostumbrado a la desorientación. La lujuria da resaca.
Ella sigue con la cabeza hundida en la almohada. Están preciosas cuando se quedan así, dormidas. Es una lástima que ya sea la hora de ir a desayunar. Un beso en la frente, tal vez una nota y, eso sí, no olvides nunca arroparla bien antes de irte. Parece cruel, pero es lo más sensato para los dos. Le has dado lo que quería. Seguramente volverá a llamarte. Tu sigues sin saber que quieres pero empiezas a buscar tus calzoncillos por el suelo.
¿Cuántas veces van ya?¿cuándo tomará una forma definitiva este maldito mosaico de noches a medio gas?… Tu anfitriona se sacude en su cama consiguiendo sacarte a patadas de este manido momento de reflexión. Ha sido una falsa alarma, pero, por si acaso, termina de vestirte y sigue buscando el sentido de la vida en otro sitio. Date prisa, no tienes la cabeza como para ponerte a dar explicaciones que nadie quiere oír.
¿A quién podría gustarle que le hablen de soledad, de necesidades y de búsquedas interiores? Fácil, a otro ser con una sesera tan jodidamente desquiciada como la tuya. Aunque no lo parezca hay unas cuantas, pero a estas alturas, sabes de sobra que después de una noche de juerga y par de polvos, es inútil remover conciencias… remover conciencias… qué bonito eufemismo para decir "remover la mierda". La mierda nos sale a todos por las orejas a estas horas de la mañana. Ya estás listo, será mejor que te vayas antes de que tu mierda rebose con tanta fuerza que acabes salpicando a alguien.
Pones un pie en la acera y la luz del amanecer, que parecía escupirte hacia unos minutos, te taladra las retinas ahora que estás a cielo abierto. Pero a ti te da igual, no importa. El aliviante sonido del portal cerrándose tras de ti mitiga cualquier dolencia y absuelve de todo pecado.
Es entonces cuando sobre las avenidas mojadas, por las calles casi vacías, se extiende un imaginario camino de adoquines dorados que te lleva a una cafetería. El nombre del sitio en cuestión o donde esté da igual, no sueles repetir. Distinta cama, distinto bar, esas son las normas. Marchas sosegadamente, casi paseando, mientras, desde tu MP3, Kurt Cobain parece querer decirte algo:
"Come
as you are,
as you were,
as I want you to be..."
Tal como llegas, te acercas a la barra y pides lo de costumbre. Zumo de naranja natural y tostada. Entera de aceite, tomate y jamón. Si fueras siempre al mismo sitio a desayunar te lo servirían directamente sin preguntar. Si fueras siempre al mismo sitio a desayunar no podrías comparar donde lo sirven mejor.
Y allí sentado, rodeado de camareros, barrenderos y taxistas, con el condumio a medio terminar sobre la mesa, sigues dándole vueltas. ¿Cuántas van ya? Sacas el móvil, y empiezas a contar. Entre las que te has tirado y las que crees que te podrías tirar, hay unas veinte o treinta.
Te acuerdas de todas ellas. No sólo de los nombres o sus caras; también de sus gustos, manías e incluso, de la mayoría de los cumpleaños. ¿Cuántas te felicitarán a ti el 19 de octubre? Tu recuerdas a las personas, las personas recuerdan una noche contigo. En ocasiones el amanecer. Si murieses ahora mismo, ¿cuántas se enterarían? ¿Importa?
De pronto y de forma espontánea una carcajada explota en tu boca. No has podido evitar imaginarte un entierro en el que todas estuvieran presentes. Todas hablando del tiempo y de memeces por el estilo. ¿Te imaginas a tus padres preguntándoles de qué te conocían? No puedes parar de descojonarte.
Pasado un instante la realidad se derrama fría por tu espalda. Estás solo, sentado en la mesa de un bar, casi a las nueve de la mañana, riéndote de tu propio entierro. Es suficiente por hoy. Apura el zumo, deja propina, que tu también has sido camarero, y vete a casa a dormir hasta que encuentres un motivo para levantarte o hasta que tengas que salir de noche otra vez. Lo que ocurra antes.
De nuevo en la calle, con el estomago menos vacío y la sesera terriblemente llena, eres asaltado por las dos últimas preguntas de la jornada: ¿te has aburrido de este tipo de vida o de que las personas que te vas encontrado ya no te dan lo que necesitas?¿cambiaría todo si apareciese una que no fuera como las demás?
Sin darte tiempo a responder, te pones los auriculares y emprendes la vuelta. La música arrebatará a las tribulaciones el lugar que ocupan ahora en tu mente. Caminas tarareando la hipnótica Riders On The Storm. Si consigues pensar en algo, será en las ganas que tienes de llegar a casa y acostarte de una vez.
Solo.




