Volver al 

inicio.

 

 

 

 

 

La reflexión de la pizarra


"...
-Oye, está amaneciendo, ¿dónde te dejo?-
-Con mis amigos.-
-Aun no han llegado a la churrería, así que si quieres hablar de algo más... -
-¿Por qué es el hombre así?... ¿Por qué no se da cuenta de que al que hace daño siempre es a sí mismo?... ¿Por qué si todos sabemos en el fondo lo que debemos hacer, no lo hacemos?-
-Tú has dibujado alguna vez en una pizarra, ¿a que sí?- asentí con la cabeza.-Al hombre le pasa eso. Intenta dibujar una recta en una pizarra, pero la rutina de dibujar lo mismo siempre hace que cada vez vaya acercándose más y más a la pizarra hasta que en un determinado momento pega la vista a la tiza. En ese momento, deja de ver lo que dibuja y sigue sin parar a lo largo de su vida. La gente que, como tú, se plantea a menudo su vida, lo que hace es que, de vez en cuando, se para, deja de dibujar y se aleja de la pizarra para ver como va su trazado, y aunque seguramente no será demasiado recto, al menos son conscientes de ello.-
-Entiendo.- dije terminándome el último café.
-Bueno, ¿qué, nos vamos?-
-Sí.-
-Encantado.-
-Igualmente.-
..."



En mi último año de instituto, con unos diecisiete años, escribí para un concurso escolar un relato corto absurdo, estúpido y terriblemente mal construido. La historia en sí era un mero pretexto. Una excusa barata para compartir con otras personas, aunque fuera con los pusilánimes miembros del jurado, la reflexión de la pizarra. Esta noche, desde este oscuro atril que se eleva en mitad de la nada, la comparto con vosotros.

Durante esos confusos días resultó de vital importancia y, aún hoy, me parece interesante recordarla de vez en cuando.



Los ojos de la noche


No creáis nunca las mentiras sobre planetas que giran sobre sí mismos. Son sólo absurdas teorías inventadas por personas de batas blancas y vidas grises.

Al caer el Sol, lo que verdaderamente ocurre es que el Día acaba con su vida, porque se muere por mirar a los ojos de la Noche y decirle cuanto la quiere. Y muere de verdad.

La tarde, tiñe el cielo de sangre que brota desde el horizonte, cuando el Día no puede soportar más la ausencia de su amada.

Mas este pasional suicidio, es en vano. Con la mañana, el Día resurge triste de sus cenizas. De nuevo, todo un mundo se interpone entre él y su añorada Noche. Aún así sigue amándola con todas sus fuerzas.


Y, aunque parezca nuestra historia de hoy un tanto descorazonadora, el mes que ahora comienza, comienza con esperanza.

Esperanza hecha de algo que, a simple vista, parecía imposible.


¿Y tú?¿Qué darías por poder mirar a los ojos de tu Noche?

Los ojos de mi noche


La Pregunta


Cuenta la historia que un poderoso y joven heredero decidió convocar en un banquete a sabios venidos de todo el mundo para hacerles una pregunta que le atormentaba. A la reunión acudieron un historiador, un filósofo, un químico, un biólogo, un teólogo, un catedrático, un doctor en ciencias políticas, un físico, un humanista y un anciano maestro de Zen.

Tras la frugal cena, el anfitrión comenzó a hablar:

- Estimados amigos. Durante mi corta vida, me he dedicado a saciar mi hambre de conocimiento. He cultivado las artes y las ciencias; he estudiado la historia y el pensamiento; mas, no he encontrado jamás una respuesta clara a una pregunta: ¿Qué es el hombre? -

- El hombre - se apresuró a contestar el historiador - no es más que un suspiro en la eternidad del tiempo. -

- ¿El hombre? El hombre es algo que debe ser superado. - Espetó el filósofo.

- Yo diría que es una de las muchas combinaciones de proteínas con base nitrogenada que pueblan la tierra. - opinó el químico.

- Sin duda, es un homínido bipedestado. El de mayor inteligencia, añadiría. - definió el biólogo.

- De lo que no hay duda posible es de que el hombre es el hijo de Dios hecho a su imagen y semejanza. - añadió el teólogo.

- El único animal capaz de crear, transmitir y aprender cultura. Ésa es la definición correcta. - concretó el catedrático.

- Pero ¿qué importancia tiene el hombre? No es el individuo el que goza de importancia, sino la comunidad. El bien común es lo que debería anteponerse, pues el hombre es un ser social. - defendió encendidamente el doctor en ciencias políticas.

- Estoy de acuerdo en la insignificancia del hombre. No es siquiera una mota de polvo en medio de un universo infinito. - aportó el físico.

- ¡Al contrario! El hombre debe ser el centro y medida de todas las cosas. - Exclamó el humanista.

Fruto de los enfrentados pareceres expuestos, surgió una fuerte discusión entre los invitados. El joven, quedó en silencio, con la cabeza baja y aún más confuso que al principio. Mientras meditaba sobre las respuestas que acababa de recibir, sintió una mano en el hombro, levantó la vista y a su lado vio al anciano maestro de Zen. Éste se acercó al oído del muchacho y le susurró:

- La pregunta que te intriga no es "¿qué es el hombre?" sino "¿quién soy yo?" ya que todo conocimiento existe con el fin último de dar respuesta a esa pregunta. -

- Y la respuesta a esa pregunta, maestro, ¿cuál es? - preguntó el desconcertado heredero.

- Descúbrelo por ti mismo. - replicó el anciano.


Papel


Como un papel, que se desgarra en dos tiras cuando las manos que lo sujetan tienden a separarse. Así siento algo dentro de mí, algo que está entre las tripas y la boca, cada día que tomo ese tren que me aleja de tu lado.

Una de esas manos eres tú. Con tus labios del sabor que siempre deja regusto a felicidad, tus ojos que dejan intuir las maravillas que habitan en ti y los rizos de tu pelo, que busco sin cesar por mi cama ahora que con toda seguridad te necesito a mi lado.

¡Cómo echo de menos ver tu melena derramada sobre la almohada cuando abro los ojos por la mañana! Y es que me despierto, miro a lo que podría haber sido nuestro lecho y decido que lo mejor es dormirse de nuevo deseando que haya mas suerte la próxima vez que parpadee. ¿Quién sabe? Quizá alguna vez funcione. Quizá el siguiente amanecer me regale sentir los latidos de tu pecho bajo mi mano. Del mismo modo que estas últimas diez noches.

Diez noches juntos que han pasado como si fueran dos. Y dos, llevamos separados, que aun no han pasado y ya me desquician los sueños. El tren es sin duda la otra mano, la que desgarra mi papel. El tren me ha devuelto a esas cocinas que no se comparten con nadie en especial, a las cenas apartadas de la brisa nocturna de una terraza, a cualquier supermercado carente de todo encanto, a decenas de duchas repletas de soledad, a dos sofás que nunca serán amarillos y a mortecinas velas apagadas. Ahí estamos de nuevo, escudriñando para encontrar el camino que me lleve a poder a apretarte contra mi pecho, tal y como desearía poder hacer ahora mismo.

Ésta es la pesadilla de nuestra elección. Apostamos por el número mas difícil, pero el que mayor premio otorga. Nos la estamos jugamos y la ruleta sigue girando. Todas las fichas están sobre la mesa. Dios sabe qué pasará. Sea lo que sea, yo creo haber ganado ya. Y ojalá estuvieras aquí para confesártelo al oído mientras te abrazo.