Lápida. Hecha de mierda que otros arrojaron sobre su cuerpo moribundo, de problemas que no eran suyos, de batallas que no debía ganar. Firmada con orgullo por un tal Smith.
Muchos intentaron abrirla y liberar su ser, aun cautivo.
El caso es que sólo abría desde dentro...
Alas. Expresión de grandeza y poder en otros tiempos más civilizados. Ajadas, derruidas y denostadas ante la envidiosa incomprensión de quién dispara a matar y luego pregunta. Batirlas y escapar del estiércol era la única salida posible.
Y fue cuando menos esperanza quedaba, cuando por seguir el simple olor de una melena negra comenzó un espasmódico vendaval de vida.
Devolvió el cuerpo al alma y las alas al cuerpo. Remendadas en cuero, metal y ego. Fortalecidas de la ilusión de descubrir. Valientes de corazón, temerosas de mente. No habría lápida capaz de detenerlas ni bala capaz de atravesarlas.
Ella. De fundente mirada y hacer milimétrico. De lujurioso virtuosismo en cada sorbo de aire. De alas majestuosas pese a haber sufrido profundas e irreparables quemaduras en orgiásticas hogueras de exceso.
Por ella revivió. Por ella la máscara cayó mostrando el rostro. Y en este nuevo rostro, una sonrisa de pura plenitud.
Miedo. A quedar enredado en ese pelo que le había despertado. A perder la libertad que tanta sangre había costado. Sin duda, el mas absurdo de los temores.
¿Qué libertad puede perder un esclavo?¿Uno que lo es de sus propios miedos?
...o tal vez eran miedos heredados...
...Smith hizo un grandioso trabajo.
Tarde para comprenderlo, tarde para evitarlo. Apenas el aroma a magia quedó en la estela de su huída.
Por miedo sintió una segunda caricia de la muerte. Por miedo perdió de nuevo la esperanza.
Rabia. Dicen que la esperanza es lo último que se pierde. El refugio de cobardes y conformistas aguarda en el interior de esta afirmación. Leo y releo y exclusivamente consigo atisbar entre líneas que cuando se pierde la esperanza, se ha perdido todo. Débiles.
Solamente la rabia te rescata de la tenebrosa profundidad dónde hasta la esperanza te ha abandonado.
Apretó los dientes, cerró los puños y extendió sus alas hasta que le dolieron.
Comenzaron a arder.
Sus ojos se abrieron.
Desolación. Era todo lo que alcanzaba a contemplar. Inocentes descuartizados, muertos clónicos e inexpresivos que caminaban sin sentido, personas enterradas en vida por miedo a ésta, por el miedo de los demás... este lugar le resultaba familiar pero no pertenecía a él.
Alzó la vista al cielo y un negro espesor recubría la inmensidad de la Tierra. Supuesto techo de la existencia que todos a su al rededor parecían anhelar.
Sonrió con sorna y se lanzó a apuñalarlo con su fuego.
Recuerdos. De cómo había pasado todo. De cómo acabó bajo tierra. De cómo la primera vez la angustia le invadió al llegar más allá del límite prefijado.
Esta vez el dolor no era sinónimo de sufrimiento. Esta vez era otro aliciente añadido para superarse.
Cuanto más imposible la empresa, más gloriosa la victoria.
Y la rabia seguía prendiendo sus alas.
Resurrección. ¿Recuperar la vida? Rotundamente, NO. Recuperar su vida. Su lugar más allá. Aparte. Por encima.
El cielo irradiaba azul, el sol se alzaba imponente, y, a diferencia de lo que los demás creían, no había límite.
Oteó el horizonte y sobre las negras nubes halló un escarpado pico que, mirando con desprecio la creación, se erigía altivo. Allí encontró su lugar. A los suyos.
Sus iguales.
Paz.
¿Había terminado la búsqueda?
Plenitud. Mito inalcanzable para aquéllos que viven bajo el manto de limitación auto impuesta. Preciado tesoro de quiénes no albergan miedo.
Algunos la sienten con apenas pisar la montaña.
Otros necesitan mostrar el camino a los demás.
Él, se lanzó de nuevo a ese mundo que a otros les parecía real, buscó lápidas como la suya y ante éstas preparó fragmentos una magia similar a la que le hizo despertar.
Una de las tumbas se abrió.
Todo comenzó de nuevo.
Y es que no existen los finales.
Sólo los nuevos comienzos.